Cuando el escenario es frontera: bailarinas migrantes y la reconstrucción de identidad.

     La danza es una forma de expresión corporal que atraviesa culturas y geografías, y que permite articular y visibilizar identidades en constante transformación. En contextos de migración forzada, desplazamiento y presencia, el cuerpo danzante se convierte en un lugar simbólico donde se tensionan la memoria, la pertenencia y la resistencia. Este ensayo se propone iluminar las diversas maneras en que la danza manifiesta la identidad cultural en contextos internacionales, a través del análisis de experiencias de mujeres migrantes y refugiadas que, mediante el arte del movimiento, reconstruyen su identidad, resisten la exclusión y reivindican su territorio simbólico.

    Desde una perspectiva intercultural, la identidad cultural no es una esencia fija, sino una construcción dinámica que se reconstruye continuamente a partir de las relaciones sociales, las memorias colectivas, los desplazamientos y los contextos históricos. Como señalan Hall (1996) y Esteban (2013), la identidad debe entenderse como un proceso de enunciación, a través de un espectáculo corporal, especialmente para sujetos migrantes que experimentan múltiples formas de exclusión. La danza, en este marco, opera como lenguaje expresivo y político que inscribe en el cuerpo memorias, tensiones y deseos. El cuerpo danzante no es solo un vehículo estético, sino también un territorio habitado, narrado y construido de una manera original (Araya, 2023). Así, en los márgenes de la frontera, ya sea física o simbólica, la danza se convierte en estrategia de manifestación cultural y política. 

    Isabel Araya (2023) analiza en profundidad los itinerarios corporales de mujeres migrantes aymara-bolivianas y afrocolombianas en la ciudad de Arica, Chile, una zona marcada por la confluencia de flujos migratorios y fronteras culturales. A través de historias de vida y mapas corporales, Araya documenta cómo estas mujeres reconstruyen su identidad a partir de prácticas dancísticas tradicionales como la Llamerada, la Diablada, el Caporal o el Tumbe afrodescendiente.

    En el caso de Lucía Mamani, mujer aymara-boliviana nacida en Putre y criada en Charaña (Bolivia), la danza está presente desde la infancia como parte del tejido comunitario. Después de migrar a La Paz y luego a Arica, Lucía se inserta en agrupaciones de baile andino como forma de recrear su identidad cultural y encontrar refugio emocional frente a las exigencias laborales y el racismo cotidiano. Participar en danzas como el Caporal y la Morenada no solo le permite reconectar con su herencia, sino también generar redes de apoyo en la ciudad fronteriza, donde muchas mujeres indígenas sufren discriminación étnica, de clase y género.

    Por su parte, Priscila Quispe, originaria de Oruro, quedó huérfana a los cuatro años y fue enviada a Iquique, Chile, donde vivió en condiciones de abuso doméstico. Aun así, mantuvo una fuerte conexión con su cultura a través del recuerdo del carnaval de Oruro y la música que tocaba su padre. En la adultez, impulsó una agrupación de danzas folclóricas junto a otras mujeres migrantes, en la que aprendió y enseñó danzas como la Kullawada y la Diablada. Para Priscila, el retorno anual a Oruro para participar en las festividades religiosas y dancísticas representa una forma de resistencia emocional y una reafirmación de su identidad aymara en medio del desarraigo.

    De manera similar, las afrocolombianas Katia Córdoba y Roxana Moreno, desplazadas por la violencia armada en Colombia, hallan en la danza un canal para reconstruirse en un nuevo territorio. Ambas se integran en agrupaciones del Tumbe, un ritmo tradicional afrodescendiente del norte chileno que ha sido reivindicado como parte del patrimonio cultural del pueblo afrochileno. Katia, madre migrante, encuentra en el Tumbe una forma de desafiar los estereotipos que asocian a las mujeres afrocolombianas con la sexualización o el trabajo informal. Roxana, en cambio, transforma la danza en plataforma de visibilidad política: participa activamente en carnavales y encuentros donde el cuerpo afro en movimiento se convierte en símbolo de dignidad y resistencia colectiva frente a la marginación. En todos estos casos, el cuerpo que danza se convierte en archivo de memoria, espacio de sanación y medio para recuperar el derecho a pertenecer. La danza actúa no solo como evocación de la tierra natal, sino como herramienta de articulación identitaria en contextos adversos, permitiendo que estas mujeres sean narradoras de sí mismas desde una agencia corporal profundamente situada.

    En el otro artículo, el trabajo de Mesías-Lema (2019) aporta una dimensión educativa y metodológica al fenómeno. El autor propone la figura de “artistas habitantes” como aquellos creadores que intervienen en procesos pedagógicos con comunidades, donde el arte es vivido como práctica situada, colectiva y transformadora. En este enfoque, el cuerpo del artista migrante se convierte en “territorio de enunciación”, una noción que resuena con la de “cuerpo-territorio” trabajada en movimientos feministas latinoamericanos. Desde allí, las experiencias de bailarinas desplazadas se entienden no como actos individuales de expresión, sino como dispositivos de memoria y pedagogía política.

    Ejemplos como el de Sandra Milena Gómez, coreógrafa colombiana desplazada que trabaja con mujeres migrantes en México, muestran cómo la danza puede ser una herramienta para sanar traumas, reconstruir comunidad y ejemplificar el exilio. En su obra Rastro, los cuerpos se convierten en mapas vivos de desplazamiento, dando lugar a nuevas formas de habitar el territorio desde el movimiento.

    Las experiencias analizadas revelan cómo la danza encarna múltiples capas identitarias género, etnicidad, clase, nacionalidad que se entrelazan y se transforman cuando los cuerpos migran. En contextos de movilidad forzada o voluntaria, las bailarinas no solo conservan tradiciones, sino que las adaptan, las reinventan y, a veces, las mezclan con nuevos lenguajes para resistir y sobrevivir. El escenario, en este sentido, no es solo un espacio estético: se convierte en refugio emocional, en territorio simbólico donde pueden ser vistas, escuchadas y sentidas. Para muchas de estas mujeres, bailar no es un lujo ni un pasatiempo. Es una forma de sostener la memoria, de hacerle frente al desarraigo, de sanar las heridas que deja el exilio o la exclusión. A través del movimiento, sus cuerpos narran lo que a veces no puede decirse con palabras: el dolor de dejar atrás una tierra, el orgullo de pertenecer a una comunidad, el deseo de seguir existiendo desde la dignidad. Como señala Hall (1996), la identidad cultural no es algo fijo, sino un proceso que nace del cruce entre historias, trayectorias y encuentros. 

 En conclusión, Bailar, para estas mujeres, es también reclamar un lugar en el mundo. Cuando el escenario es frontera, la danza trasciende lo estético para convertirse en herramienta política y existencial. En cuerpos migrantes, desplazados y racionalizados, el baile deviene resistencia, memoria y proyecto de futuro. Las mujeres migrantes que bailan no solo evocan su origen: lo reconfiguran. Así, iluminan las múltiples formas en que la danza manifiesta y transforma la identidad cultural en contextos internacionales, revelando el poder del arte como lenguaje de pertenencia y dignidad.

Galería de fotos:

Foto: Sandra Milena Gómez presentando su obra: Rastro (2022)


Malevolance (2022)

Joy (2021)

Serendipity (2012)

Autoinmune (2014)

Referencias

Araya, I. (2023). Bailar en la frontera. Itinerarios corporales de mujeres aymara-bolivianas y afrocolombianas en Arica (Chile). Disparidades. Revista de Antropología. 

Esteban, M. L. (2013). El cruce de los cuerpos. 
Una antropología de la corporalidad. Ediciones Cátedra. 

Gómez, S. M. (2022). Sandra Milena Gómez – Artista escénica.  

Hall, S. (1996). Cultural identity and diaspora. En P. Mongia (Ed.), Contemporary postcolonial theory: A 
    reader (pp. 110–121). Arnold. 

Mesías-Lema, J. M. (2019). Artistas habitantes: una metodología contemporánea, participativa y colectiva en Educación Artística. OBSERVAR. Revista de Educación Artística, 13, 74–104. 












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